Una Vida de Fe
La fe verdadera abre los ojos del corazón para ver a Dios y las realidades de su Reino. Esta fe no es emoción pasajera, sino convicción y obediencia que produce testimonio, perseverancia y una vida transformada centrada en Cristo.
Vivimos en días donde muchos dicen tener fe, pero la fe bíblica no se sostiene en palabras bonitas ni en sentimientos momentáneos. La fe viva se ve. Se camina. Se obedece. Y, sobre todo, nos da visión: ojos para ver a Dios tal como Él es, y para ver la realidad de su Reino.
Porque quien tiene fe, tiene visión. Y sin esa visión, aunque se pueda “vivir”, se vive limitado. Se camina sin claridad, se decide sin eternidad, se habla sin temor de Dios. Pero cuando la fe abre los ojos, todo cambia: lo que pensamos, lo que hacemos y la manera en que andamos delante del Señor.
La fe es visión para ver a Dios y su Reino
La fe son los ojos que nos permiten ver a Dios y la realidad de su Reino. Sin fe no hay visión espiritual. Sin fe, las realidades del cielo se vuelven borrosas, y el corazón termina gobernado por lo visible, por lo inmediato, por lo que el mundo ofrece.
Por eso, para obedecer como Abraham —cuando salió de Ur de los caldeos al llamado del Señor— era necesaria una visión que naciera de la fe. Esa fe le permitió ver más allá de su tierra, más allá de su comodidad, más allá de su lógica. La fe hace eso: nos levanta la mirada y nos da dirección.
Sin fe es imposible agradar a Dios
La Escritura es clara y no deja lugar a dudas:
“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).
Agradar a Dios no es un asunto de apariencia religiosa. Hay quienes creen estar honrándolo, pero viven lejos de Él. Hay quienes se engañan, pensando que por actividades, cargos o palabras ya están agradando al Señor. Sin fe bíblica, no se agrada a Dios.
Y esa fe comienza por una convicción fundamental: Dios es real. No es un mito, no es una idea, no es una religión reducida a costumbres. Él es el Dios todopoderoso, Creador de los cielos y de la tierra, vivo y cercano.
Ser conscientes de la realidad de Dios
Creer que Dios “existe” no es lo mismo que vivir conscientes de su presencia. La fe nos vuelve conscientes de que Dios está con nosotros en la casa, en el camino, en el trabajo, en el estudio, dondequiera que estemos.
Cuando el corazón entiende que Dios está presente, la vida no puede seguir igual. Las palabras cambian. Las decisiones cambian. Los lugares que se frecuentan cambian. El temor del Señor ordena el interior.
El salmo declara: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). Y muchas veces, no lo negamos con la boca, sino con la conducta. La fe nos llama a abandonar esa incoherencia y a caminar como hombres y mujeres que viven delante de Él.
Dios es omnipresente: está en todas partes. Dios es omnisciente: lo sabe todo; no podemos engañarlo ni ocultarnos. Y Dios es omnipotente: gobierna sobre todo. Por eso su Palabra advierte que Dios no puede ser burlado, y que lo que el hombre siembra, eso también cosechará.
Vivamos como Elías: “Vive Jehová, en cuya presencia estoy”. No existe una vida “en la presencia” solo dentro de reuniones. Se vive a cada momento en su presencia: mientras se trabaja, mientras se camina, mientras se sirven las tareas más sencillas. Dios está allí.
Dios es galardonador de los que le buscan
La fe no solo reconoce la realidad de Dios; también confía en su carácter: Él recompensa a los que le buscan. Él honra a quienes le honran. Hay galardón aquí y en la eternidad.
El Señor se manifiesta con una cercanía que sorprende. Su presencia es un regalo. Su cuidado es real. Su provisión sostiene. Y poder servirle, ver vidas transformadas por su poder, ser instrumentos en sus manos: eso mismo ya es un galardón.
Cristo es la meta: la suficiencia y la superioridad de Jesús
La vida de fe no se centra en sombras. Jesucristo es la realidad. Él es superior a todo: superior a los profetas, a los ángeles, a Moisés, al sacerdocio terrenal, a sacrificios y ofrendas. Todo lo anterior anunciaba a Cristo; todo apuntaba a Él.
Necesitamos ver a Jesús en las Escrituras. Necesitamos experimentarlo, escucharlo, caminar con Él. Cuando Cristo no es el centro, la vida espiritual se vuelve mecánica, repetitiva, vacía. Pero cuando Cristo es disfrutado, el propósito se cumple: que Cristo sea formado en nosotros.
La fe entiende el poder creador de la Palabra
“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3).
Dios habló y de la nada creó el universo. No necesitó materia prima. La creación misma declara su eterno poder, como enseña Romanos 1. Nuestra fe descansa en ese Dios: el que gobierna, el que crea, el que sostiene.
Por eso la Palabra de Dios no es un discurso cualquiera. Es inspirada por Dios, su aliento. Salva, transforma, cambia vidas, ciudades y naciones. Y si alguien tiene contacto con las Escrituras pero no está siendo cambiado, debe revisarse: ¿hay dureza? ¿hay incredulidad? ¿hay pecado tolerado? Porque la Palabra es como espada de doble filo; discierne intenciones y motivaciones del corazón (Hebreos 4).
¿Qué es la fe? Certeza, convicción y acción
“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).
La fe bíblica es certeza: base firme, conocimiento seguro, sustancia y confianza. La fe nos hace ver la realidad de las realidades espirituales. No es un impulso emocional; es una convicción que se vuelve obediencia.
La fe es un verbo. Es acción. Por eso Santiago confronta con claridad: no basta decir “creo”. Aun los demonios creen y tiemblan. La fe sin obras está muerta. La fe viva se demuestra con una vida alineada a la Palabra.
Los milagros muestran el poder de Dios, pero la transformación profunda viene por su carácter, por su presencia y por su Palabra formando nuestra vida.
Emuná y pistis: la fe que produce fidelidad y carácter
En la Escritura encontramos que la fe está ligada a firmeza, fidelidad, lealtad y verdad. La fe bíblica produce constancia y honradez. Si la fe fuera solo emoción, no confrontaría el carácter. Pero la fe verdadera produce coherencia.
La fe nos lleva a caminar conforme a los mandatos de Dios, y esos mandatos no esclavizan: traen libertad. La ley del Señor produce gozo, produce alegría, produce una vida libre y ordenada. La fe viva no crea amargura; produce una santidad real, alegre y firme.
Y en el Nuevo Testamento, la fe se afirma sobre lo oído: “la fe viene por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). La fe descansa en el carácter del Señor: Él es eterno, inmutable, fiel; no cambia, no miente, no se contradice. Podemos confiar en Él.
El justo vivirá por fe: sin retroceder
“Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma” (Hebreos 10:38).
El justo es quien ha sido justificado por Cristo. Él fue nuestro sustituto: tomó nuestro lugar, y siendo nosotros culpables, nos declaró justos. Pero esa justicia recibida debe guardarse. Pecar deliberadamente con conocimiento es despreciar la obra de la cruz; es tratar como común la sangre del Cordero y afrentar al Espíritu de gracia.
La Escritura lo afirmó desde antiguo: “Mas el justo por su fe vivirá” (Habacuc 2:4). Y también: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe… Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17). De principio a fin, la vida cristiana camina por fe.
Por eso el orgullo estorba. Quien no reconoce su condición se engaña a sí mismo. Cuando vemos nuestra condición, entendemos dos verdades al mismo tiempo: somos grandes pecadores, pero tenemos un gran Salvador. Y entonces no nos alejamos: corremos a Cristo.
La fe está unida al testimonio
La fe verdadera deja evidencia. Da testimonio. No solo con labios, sino con vida.
Hebreos declara: “Por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:2). Y también: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio… por lo cual alcanzó testimonio de que era justo” (Hebreos 11:4).
La fe produce adoración verdadera y entrega excelente. Si hay fe, se le da a Dios lo mejor, no migajas. La fe emuná no ofrece limosnas del corazón; ofrece lo excelente, porque reconoce quién es Dios.
Sin testimonio, la vida se contradice. Se puede hablar, se puede asistir, se puede aparentar, pero si no hay una vida transformada, no se agrada al Señor ni se lleva luz a quienes nos rodean. La fe bíblica se nota en palabra, conducta, pureza y constancia.
La fe afecta toda la vida: ser, pensar y hacer
La fe viva toca el ser, el pensar y el hacer. Afecta la adoración, el testimonio, la obediencia, la justicia, la confianza y la consagración. La fe no es un área aislada; gobierna todo.
Por eso no basta oír. La Palabra debe ir acompañada de fe y de acción. Si no, no aprovecha, no transforma. Es tiempo de crecer, de madurar, de dejar lo infantil. Hay un momento para la leche, pero el llamado es a alimento sólido: a una vida estable, firme, llena de carácter.
¿Cómo fortalecer la fe?
La fe se fortalece cuando la mirada está enfocada:
“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).
Cuando la atención no está dividida, sino centrada en Cristo, la fe crece. Y también se fortalece al mirar la gran nube de testigos (Hebreos 12:1): hombres y mujeres que caminaron por fe, con historias reales, con debilidades reales, pero sostenidos por un Dios real.
La fe se fortalece al congregarnos, porque congregarse no es una opción; es un mandato. No existen cristianos solitarios saludables. En la comunión aprendemos a amar, a perdonar, a madurar. En la familia espiritual se ejercitan dones, se despiertan talentos, se anima al cansado. A veces una sonrisa, un abrazo, un saludo lleno de piedad puede ser el instrumento de Dios para levantar a alguien.
También fortalecemos la fe cuando nos despojamos del peso y del pecado que asedia, cuando renunciamos al pecado con decisión, cuando perseveramos con disciplina, cuando meditamos y ponemos en práctica la Palabra. La fe no se alimenta de excusas; se alimenta de obediencia.
Lo que hace la fe fortalecida
Cuando la fe se afirma, el Señor obra con poder:
“Por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos… sacaron fuerzas de debilidad… se hicieron fuertes en batalla” (Hebreos 11:33–34).
Y la exhortación permanece:
“No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón… porque os es necesaria la paciencia… Mas el justo vivirá por fe… pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (Hebreos 10:35–39).
No hay reversa en el camino del Señor. Hay perseverancia. Hay paciencia. Hay fe para preservación del alma.
La fe también se vive en casa: formar una generación
La fe bíblica no se limita a lo personal: también se ocupa de la casa, de la familia, de la generación. Dios cumple sus propósitos a través de familias.
Hebreos recuerda a los padres de Moisés: “Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres… y no temieron el decreto del rey” (Hebreos 11:23). Esa fe formó un libertador. Esa fe vio más allá del presente.
Y Moisés, ya grande, “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón… escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado… porque tenía puesta la mirada en el galardón… se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:24–27).
La fe abre los ojos para ver lo que otros no ven: el galardón, el propósito, el llamado. Y esa visión lleva a decisiones firmes, santas y valientes.
Llamado final: creer en el carácter de Dios y abandonar las excusas
La fe es convicción y confianza en Dios y en sus promesas, y esa convicción nos lleva a la acción. La fe está unida al testimonio. La fe transforma la vida y el entorno. La fe se fortalece por la Palabra, por la oración, por la obediencia, por la perseverancia y por una vida congregada que anima y es animada.
Creámosle al Señor. Dios es quien dice ser. Él es el gran “Yo Soy”. Sus promesas son firmes y verdaderas. Él es fiel y cumple lo que promete. Nuestra fe está fundamentada en el Dios que hizo el universo con su Palabra.
Pidamos al Señor que perdone nuestra incredulidad. Renunciemos al orgullo. Dejemos las excusas. Volvamos el corazón a Cristo, pongamos los ojos en Jesús y caminemos con fidelidad. Que el Señor abra nuestros ojos, quite los velos y nos conduzca a vivir, de principio a fin, una vida de fe.